Paisaje humano, Paisaje urbano, Curiosidades

viernes, 12 de septiembre de 2014

El caso del tilo asesinadito


ALGUNOS de mis mejores amigos son árboles y creo que la amistad es correspondida con una fidelidad que no merezco. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la mayor parte de los males que sufren, ya sean incendios, talas o maltratos, son provocados por la codicia, estupidez o insensibilidad humana. La paciencia de un árbol es infinita, especialmente con nosotros, que comparados con su longevidad somos tan efímeros como la mosca cachipolla, que nace por la mañana, se reproduce a mediodía y muere antes del ocaso. Somos una molestia pasajera y solo se inmiscuyen en casos extremos como el que voy a narrar. 
Uno de los frondosos tilos que oxigenaban la Gran Vía bilbaina cuando todavía era una calle ruidosa y con fachadas mugrosas por la contaminación, comenzó a perder la hojas sin causa aparente. El ejemplar murió meses después y fue sustituido por otro joven y lozano. Al poco tiempo, el retoño mostró los mismos síntomas y se secó. Y lo mismo ocurrió con todos aquellos que replantaba el Ayuntamiento. Pasados unos cuantos años, el proceso se detuvo. Los que seguíamos la historia con la misma atención que los crímenes de la calle Morgue recordamos que coincidió con el fallecimiento del vecino del primero, a quién le cayó una gruesa rama de un ejemplar vecino del árbol asesinado, y cuyo piso permanecía todo el verano en la penumbra debido a la frondosidad de las copas. La conclusión es obvia: si vas a cabrear a un tilo, cómprate antes un casco.